Quizá te haya ocurrido alguna vez

Relatos cortos de terror

 

Lo que voy a contar a continuación no es fruto de mi imaginación, ni fue un sueño, es un caso real que me sucedió no hace mucho tiempo.

Todos somos conscientes de que hay muchas cosas que no conocemos, es imposible saber de todo, pero hay días en los que eres más consciente aun de lo mucho que ignoras los infinitos caminos que puede tomar tu vida. No es que aquello fuese algo tan trascendente como para cambiar el rumbo de mi existencia, pero sí que me hizo replantearme muchos aspectos de mí mismo que ya daba por superados. Sentí miedo, un miedo que creía haber enterrado con mi niñez, pero que volvió más fuerte que nunca. Un terror similar al que sentía cuando me despertaba en mitad de la noche y caminaba a oscuras por el pasillo de casa para ir al baño, pero aumentado por la incomprensión de un adulto. Y digo incomprensión porque, a pesar de que sabemos que lo que conocemos es solo una ínfima parte de este universo, parece ser que a la mayoría nos gusta pensar que podemos aportar una explicación lógica a todo lo que nos suceda. En este caso también la había, pero por aquel entonces yo no la conocía de haberlo hecho quizá hubiese actuado de otra forma, y ahora mismo no estaría escribiendo esto.

La nitidez con la que recuerdo aquel suceso no hace sino hacerme saber lo mucho que me ha marcado, y lo satisfactoria que me resultó la experiencia ahora que la miro desde la lejanía. Porque, seamos sinceros: ¿A qué fan del terror que se precie no le gustaría vivir su propia historia de miedo, sin consecuencias negativas?

Sin más dilación, entro en materia.

El verano del año dos mil diez, había comenzado como todos mis veranos desde hacía cuatro años. A mediados de un caluroso mes de julio ya había realizado quince jornadas de trabajo de más de doce horas algunas en horario de mañana y otras de noche y aún me quedaban muchas más. A pesar de todo, aquello no nos frenaba ni a mí ni a mi compañero para gastar cada hueco que teníamos libre en salir a tomar unas copas. El carácter del trabajo en cuestión nos unía más allá de una simple amistad, y además éramos compañeros de piso, lo que nos hacía ir juntos prácticamente a todos lados.

Recuerdo que aquel sábado terminamos el turno a las siete y media de la tarde, y recuerdo que el siguiente turno comenzaba a las seis y media de la tarde del día siguiente. «Juerga pensamos», y así fue. La noche no dio para mucho, pero se estiró lo suficiente como para que no cerrásemos los ojos hasta bien entrada la mañana. Por supuesto, despertamos con el tiempo justo de comer, asearnos y vestirnos para comenzar la jornada de noche del domingo.

Y tú dirás: Yo he entrado aquí para leer un relato de terror, ¿Para qué me cuenta su vida laboral este tío?

Ten paciencia, lo hago porque el desenlace tiene mucho que ver con todo esto.

El trabajo iba bien, se notaba el cansancio, pero a un nivel al que ya nos habíamos acostumbrado. La noche debía haber acabado como todas: a las siete y media de la mañana llegaríamos a casa, y dormiríamos como vampiros hasta el turno de noche siguiente. Pero a estos vampiros les sorprendió la luz del alba en el trabajo, y la luz del mediodía, y un poco más y les sorprende la luz de la noche. Esto me recuerda a una de mis canciones favoritas de Sabina: «…y nos dieron las diez, y las once…» Seguro que sabéis como sigue. La diferencia aquí es que nosotros no lo estábamos pasando tan bien como mi tocayo en su canción. Mala suerte, la noche se torció y hubo que permanecer allí hasta las tres de la tarde del lunes.

Una vez terminado el trabajo calvario, lo lógico hubiese sido irse a dormir, es lo que hubiese hecho cualquier persona con la cabeza bien amueblada. Pero, ¿qué hicimos nosotros?, ¿dormir? por supuesto que no. Las horas extras nos habían permitido retrasar el próximo turno hasta el martes por la mañana, de modo que había que aprovechar el día.

La noche nos encontró en el salón, viendo la película de La cuarta fase. Serían las once cuando decidí dejar la película a medias para irme a la cama, pensando en lo bien que me iba a sentar el descanso no sabía entonces lo equivocado que estaba.

No recuerdo el momento en el que me deslicé hacia el reino de Morfeo más que deslizarme, entré de golpe, pero sí la primera vez que algo me arrancó de él.

Desperté oyendo los sonidos de la película, por lo que supuse que no llevaría mucho tiempo dormido. Me disponía a cerrar los ojos para seguir durmiendo, pero entonces, noté algo que no había sentido nunca, algo que me desconcertó. No podía mover ni un solo músculo del cuerpo, intenté gritar para llamar a mi compañero, pero la voz no salió. Empecé a asustarme, pero la sensación se fue apagando poco a poco cuando noté que podía mover los hombros y las piernas. Me agité cual lombriz de tierra hacia el lateral de la cama hasta que finalmente me encontré en el suelo. En ese momento recuperé el control de todo el cuerpo, y sin darle mayor importancia al asunto, volví a la cama.

Un error por mi parte…

No podría decir si fue por los sonidos de los gritos distorsionados que volvieron a despertarme si habéis visto la película sabréis a que gritos me estoy refiriendo, esos que hay casi al final. Pero el caso es que la segunda vez que desperté, el miedo ya estaba ahí incluso antes de ser consciente de que, de nuevo, no podía moverme. Los gritos seguían mientras yo intentaba llamar a mi compañero, mi boca se abría, pero no emitía ningún sonido, por primera y única vez en mi vida sentí las cuerdas vocales bloqueadas. Muy despacio, fui capaz de mover la cabeza hacia la izquierda. En la pared del mismo lado con respecto a la cama había un espejo grande, y pude ver la sombra de mi reflejo gracias a la poca luz que entraba a través de un pequeño hueco que dejaba la persiana. El reflejo era una sombra, sabía que era yo, pero en el contexto de la situación me aterró aquella imagen. Sin yo quererlo, en mi mente empezaron a dibujarse todo tipo de amenazas desde las esquinas sombrías que observaba a través del cristal. Recuerdo un pensamiento en concreto que fue el que más me atemorizó: me sobrevino la idea de una niña pequeña oculta tras la sombra de uno de los rincones del cuarto, observándome supongo que se debió a que es uno de mis iconos del miedo. Los gritos seguían, y yo intentaba moverme. Finalmente, cuando los gritos cesaron, logré ponerme en pie. Recuerdo que caminaba lentamente hacia la puerta, intentaba acelerar el paso, pero me era imposible.

Voy a hacer un inciso porque mientras escribo me estoy dando cuenta de lo tremendamente ficticio que suena todo esto, y quiero aclarar que no lo es, lo que narro me sucedió realmente, y ocurrió por una razón que explicaré al final.

Seguí caminando mientras notaba como se me erizaba la piel mientras escribo recordando esto siento lo mismo. Llegué a la puerta de la habitación, y aunque en ese momento no fui capaz de caer en la cuenta de lo extraño que era, instantes después sentí más miedo aún por lo que vi. La puerta estaba abierta a pesar de que yo la había cerrado al irme a dormir, podía ver con claridad el pasillo iluminado por la luz de la lámpara. La parte horizontal del marco de la puerta se encontraba a la altura de mi pecho, pero podía sentir mis pies en el suelo quiero decir que no era como si yo estuviese flotando, sino más bien como si la puerta estuviese más baja. Como ya he dicho antes, en ese momento me lo tomé como algo normal. Alargué la mano lentamente para tocar el marco no sé porque razón y cuando lo hice, toda la imagen que estaba viendo volvió a la normalidad. Primero sentí como mis dedos chocaban contra la puerta, y luego fui consciente de que estaba cerrada, y a la altura que debía estar. En ese momento pude mover todo el cuerpo. Agarré el pomo y abrí lo más rápido que pude, corrí por el pasillo que estaba a oscuras hacia la luz que veía a través del cristal de la puerta del salón, la abrí, entré y encendí la luz mientras gritaba a mi compañero «hay alguien en mi habitación, yo ahí no duermo». Se quedó mirándome unos instantes, luego se levantó y se dirigió hacia mi cuarto. En el fondo sabía que lo que acababa de suceder había sido producto de mi imaginación, sabía que no había nadie más en la casa, pero no pude evitar sentirme atemorizado. Tal y como debía suceder, mi compañero me confirmó que la habitación estaba vacía, entré en ella y observé con la luz encendida aquel espacio que momentos antes había sido mi prisión de sombras. Hablamos durante un rato, pero solo cuando pude encontrar una explicación más o menos lógica, fui capaz de volver a la cama bendito internet.

La explicación.

Resulta que lo que me sucedió es bastante común. Se trata de la denominada Parálisis del sueño, un trastorno que hace que te despiertes y no te puedas mover, y que en la mayoría de los casos va acompañado de alucinaciones y sensaciones de terror.

¿Por qué ocurre esto?

Se supone que cuando dormimos, el cerebro restringe los movimientos del cuerpo para que los sueños no sean representados en la realidad. Si hay algo que hace que te despiertes, es posible que tu cuerpo siga en ese estado de restricción. Salvo que la Parálisis del sueño se padezca de forma crónica, se suele dar en personas que están sometidas a situaciones de estrés, o que han sufrido un agotamiento excesivo Puedes encontrar más información en este artículo. Para las personas que son conscientes de esto es más fácil de llevar, se convencen de lo que les está sucediendo hasta que se tranquilizan. Pero para mí era algo totalmente desconocido, y sentí una de las mayores sensaciones de miedo e impotencia de toda mi vida.

En algunas culturas menos avanzadas este tema se trata de una forma más sobrenatural, haciendo alusiones a espíritus o demonios que se sientan sobre el pecho de la víctima impidiéndoles el movimiento.

Nunca más me ha vuelto a suceder claro que tampoco he hecho la tontería de no descansar adecuadamente. De todo lo sucedido guardo un buen recuerdo, sobre todo por lo que aprendí, pero también por haber vivido mi propia historia de terror y haber salido indemne. En mi memoria guardo la imagen de mi reflejo de sombra en el espejo por cierto, fue retirado de la pared por mi esposa cuando vino a vivir conmigo, antes incluso de conocer la historia, y con motivo de que le da «muy mal rollo» dormir frente a un espejo.

Quiero decir que a pesar de que me guste el terror en la literatura y en el cine, soy bastante escéptico con respecto a este tipo de historias, y más si no tienen una explicación lógica. Pero reconozco que la mente de cada persona es un mundo, y que las vivencias de cada uno son posibles dentro de su cabeza.

Puedes creer o no lo que acabo de contar, te aseguro que no he añadido ni suprimido nada en mi relato, pero sea como sea espero que hayas disfrutado leyendo esta experiencia personal.

Si te ha gustado y/o quieres expresar tu opinión con respecto a este tema, te animo a escribir en los comentarios.

 

¿Y a ti, te ha ocurrido alguna vez?

Autor: Joaquín N.

Autor de Cuentosdeterrorjota

Un comentario en “Quizá te haya ocurrido alguna vez”

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